LINFOMA DE HODGKIN

ELVIRA CONDE

Tres años lleva Elvira en remisión desde que a los 26 años le diagnosticaron Linfoma de Hodgkin. Acababa de terminar la carrera y estaba comenzando un máster cuando la enfermedad interrumpió todos los proyectos que tenía en su vida.  “Yo en mi ignorancia pensaba que me iba a poder dar quimio y seguir con mis estudios. El médico entonces me alertó de la gravedad de la enfermedad, de lo que yo nunca he sido consciente hasta bastante después”.

Elvira ha intentado normalizar el cáncer lo máximo posible para no cortar el tránsito de su vida. “Era yo la que daba ánimos a mi familia y a mis amigos. Había que tirar pa’lante sin preguntarse porqué tu vida está en juego”. Ni la agresividad de los tratamientos dejaban a Elvira en casa. “Estaba agotada pero me obligaba a salir a la calle”.

Lo peor para ella fue el cambio estético. “La caída del pelo, de las cejas, las pestañas, era todo un proceso de degeneración física hasta verme en lo más bajo estéticamente, pero era necesario llegar a tocar fondo para volver a resurgir”. El maquillaje fue su gran aliado. “Me pintaba más que nunca porque no me reconocía delante del espejo”.

La enfermedad le ha enseñado a valorar la importancia de las cosas y le ha dado más fuerzas para luchar en todos los aspectos de su vida. “El cáncer me ha enseñado mucho y, a posteriori, pienso que ahora soy una persona diferente, pero mejor”.

Lo mejor que me ha dejado esta experiencia ha sido conocer a los amigos de verdad

Cristina y Elvira se han conocido en GEPAC. Pacientes ambas de Linfoma de Hodgkin se sienten reflejadas la una en la otra por las experiencias vividas. Cristina fue diagnosticada tan sólo hace un año, todavía inmersa en el proceso de la enfermedad de su madre, que falleció poco después. “Mi estancia en la UVI fue por un lado tranquilizadora, porque me sentí aliviada de que me estuvieran ya tratando. Por otro, estaba más pendiente de la salud de mi madre que de la mía”.
Después de 6 meses de quimioterapia ahora está felizmente remitida y emocionalmente tranquila, “aunque tengo miedo a que ahora me de el bajón. Tanto mi familia como yo no hemos tenido respiro, primero con mi madre y luego conmigo. No nos ha dado tiempo a asimilarlo todo”.

Miedos, muchos. “Cambiar la silla de acompañante por la cama es muy duro. Ahí es cuando realmente pasas miedo, porque empiezas a sentir todo lo que ha pasado la otra persona”. Sin embargo, Cristina ha sabido sacarle muchas enseñanzas a su experiencia con el cáncer. “He conocido a mucha gente buena, he aprendido a ser feliz y a disfrutar cada momento aunque sea dentro de una mala situación y a que lo primero de todo, en mi vida, es la felicidad. La enfermedad me ha aportado mucha madurez”.

El cáncer me ha hecho pagar un precio muy caro